Segunda Parte

«La Venida del Mesías en Gloria y Majestad»
El R. P. Manuel Lacunza (1731-1801).

Miguel Rafael Urzúa (1914): Este trabajo fué compuesto en 1901, con motivo de cumplirse primer centenario de la muerte del P. Lacunza.

Lacunza, Manuel, 1731-1801, "La venida del Mesías en gloria y majestad. Selección, prefacio y notas de Mario Góngora." [Santiago] Editorial Universitaria [1969], 167 p. illus. 19 cm., Góngora, Mario ed., Escritores coloniales de Chile no. 4.

1.º Cargo

Miguel Rafael Urzúa (1914):

4.º Cargo: «Aquella mezcla de comprensores y viadores que con que supone durante los mil arios de aquel reinado; la cual Santo Tomás demuestra con razones naturales ser absurda».

Respuesta. - Esta mezcla de comprensores y viadores consta de la Sagrada Escritura, como puede verse por los con textos citados en la contestación a los cargos anteriores. Pudo señalarse el lugar en que Sto. Tomás sostiene esa imposibilidad de vivir mezclados los comprensores con los viadores; así podría estudiarse el sentido en que lo afirmó el Santo, porque se hace muy duro pensar que hubiera pretendido negar, con razones naturales, cosas expresas en la Revelación y que sólo por ella pueden ser conocidas.

5.º Cargo: «El que baje del cielo la Jerusalén material, para servir de metrópoli del Reino de Cristo acá en la tierra; lo cual fué acérrimamente impugnado por San Jerónimo y otros Padres, y también por todos los escritores con eclesiásticos cuando pensaron en ello Tertuliano, y algunos otros; y no bien suscitó de nuevo esta idea el P. Vieyra cuando fué condenado al silencio».

Respuesta. «Apocalipsis XXI, 2 y 3. Y yo Juan, vi la ciudad santa, la Jerusalén nueva que de parte de Dios descendían del cielo, y estaba aderezada como una esposa ataviada para su esposo. Y oí una grande voz del trono, que decía: Ved aquí el tabernáculo de Dios con los hombres; y morará con ellos, y ellos serán su pueblo: y el mismo Dios en medio de ellos será su Dios, etc.» - Que San Jerónimo y otros Padres hayan combatido esta opinión contra Tertuliano y otros, no significaría otra cosa sino que era ésta una opinión discutible; y si sobre ella nada ha definido la Iglesia, no hay por qué rechazarla, estando expresa en la Sagrada Escritura. San Jerónimo en su polémica con los milenarios respetó siempre a los moderados, como probamos ya, al contestar el primer cargo, aunque no participaba de su modo de pensar; y al combatir a esta nueva Jerusalén, lo hizo por las abominaciones con que la afeaban los milenarios herejes y sensuales.

6.º Cargo: «El que asegure con tanto aplomo que su sistema está claramente expreso y revelado en las Sagradas Escrituras, y que casi todas las profecías contenidas en ellas se refieren al tiempo intermedio entre la venida del Mesías y el juicio universal».

Respuesta . - Aunque no podría responderse a este cargo sin contar con largo espacio, sin embargo, creo que una sola observación dará luz más que suficiente para desvanecerlo. Muchas son las profecías que anuncian un tiempo muy feliz aquí en la tierra, tal como no lo ha habido jamás. Así por ejemplo: Miqueas IV: «En los últimos días el monte de la casa de Dios será fundado sobre la cima de los montes y ensalzado sobre los collados, y correrán a él los pueblos y se apresurarán muchas gentes y dirán: Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob, y nos enseñara sus caminos, y marcharemos en sus veredas: porque de Sión saldrá la ley, y la palabra del Señor de Jerusalén. Y juzgará entre muchos pueblos y castigara a naciones poderosas hasta lejos: y convertirán sus espadas en rejas y sus en azadones: no empuñara espada gente contra gente: ni se ensayarán más para hacer la guerra. Y cada uno se sentará debajo de su vid u debajo de su higuera, y no habrá quien cause temor: pues lo ha, prometido por su boca el Señor de los ejércitos».

Infinitos son los pasajes de la Sagrada Escritura en que se anuncia al mundo, por medio de Israel, un bienestar, y una paz y justicia como no ha habido jamás.

El Evangelio, por el contrario, nos advierte que siempre estaremos en continua lucha; que el demonio anda como león rugiente, buscando a quién devorar; que cuando vuelva. Nuestro Señor no ha de encontrar fe en la tierra; y que así como persiguieron al Maestro, así también perseguirán al discípulo, etc. Citaré la parábola del trigo y la zizaña; como ella es tan conocida, copiaré sólo la explicación de N. S. Jesucristo: San Mateo XIII, 37: El que siembra la buena simiente es el Hijo del Hombre. Y el campo es el mundo. Y la buena simiente son los hijos del reino. Y la zizaña son los hijos de la iniquidad. Y el enemigo, que la sembró, es el diablo. Y la siega es la consumación del siglo, etc.

Como se ve pues, hay una especie de oposición entre lo que nos anuncian los profetas y lo que nos dice el Evangelio; pero esta oposición es sólo aparente: admítase el reinado de los mil arios en que N. S. Jesucristo tomar! en su mano todo poder y toda autoridad, y se verá cómo la paz y la justicia serán entonces los atributos de su diestra.

7.º Cargo. «El que niegue referirse a la resurrección general las palabras de Cristo según San Lucas, cap. XX, 35: Qui digni habebuntur saeculo illo, et resurrectione ex mortuis, ex filii sunt, neque nubentur ultra mori porterunt; aequales enim angelis sunt; lo que admiten todos los doctores».

Respuesta. - Suponiendo que el dictamen u opinión de todos los Santos Padres y doctores fuera uniforme en la explicación de este lugar del Evangelio, puede todavía preguntarse si lo han estudiado de oficio fijado su interpretación literal; o si sólo lo han tratado como materia predicable, y en tal caso ¿podría tacharse de errónea o herética la opinión que sostiene que puede referirse a la primera resurrección?

8.º Cargo. «Que diga, contra el común sentir de los Santos Padres, ser una mera parábola la sentencia de Cristo, según San Mateo, cap. XXV, 31: cun venerit Filius hominis in majestate sua, etc».

Respuesta. - Este pasaje ha sido citado infinitas veces, y tal vez no haya un solo sacerdote dedicad, o a la predicación que no lo haya usado; así que, no es Paro que los Santos Padres lo hayan empleado constantemente en las instrucciones al pueblo. La simple lectura, no sólo del presente pasaje, sino de todo el capítulo, dará la prueba m s convincente de que es una de las tantas parábolas de que usó el Salvador para grabar mejor su doctrina en sus oyentes. Todo el capítulo, de donde está tomado este pasaje, es sólo de parábolas: desde el versículo 1.º hasta el 14 refiere la de las diez vírgenes; desde el 14 hasta el 31 la de los siervos y los talentos; desde el 31 hasta el fin la de que tratamos sobre el juicio universal. Por los vivísimos colores con que N. S. Jesucristo pinta este juicio, se ve claro que pretendía materializar las cosas que enseñaba. Esas ovejas colocadas a su derecha, esos cabritos colocados a su izquierda, esos diálogos del Señor con los justos y con los pecadores ¿no están indicando que es una parábola? ¿o se piensa que el juicio universal ha de ejecutarse con todas esas circunstancias?

9.º Cargo. «El que pretenda no haberse cumplido casi nada de lo une han vaticinado los profetas sobre el regreso de los judíos de la cautividad de Babilonia, y que se ha de cumplir todo en su segunda vuelta de la presente dispersión».

Respuesta. - Partiendo de la base de que Dios es infinitamente veraz, y que su palabra ha de cumplirse sin que falte una tilde, puede preguntarse: ¿cuándo se han cumplido las profecías que anuncian al pueblo judío su imponderable exaltación y grandeza? He aquí una entre muchas: «Tobías, cap. XIII, 11 al 23: Jerusalén, ciudad de Dios, el Señor te castigó por las obras de tus manos. Alaba al Señor en, tus bienes y bendice al Señor Dios de los siglos, para, que reedifique en ti su tabernáculo, y vuelva a tí todos los cautivos, y te goces por todos los siglos de los siglos. Brillarás con luz resplandeciente: y todos los términos de la, tierra te adorarán. Vendrán a tí las naciones de lejos: y trayendo dones, adorarán en tí al Señor y tendrán tu tierra por santuario. Porque dentro de tí invocarán al grande nombre. Malditos serán los que te despreciaren: y serán condenados los que te blasfemaren: y serán benditos los que edificaren. Y tú te alegrarás en tus hijos, porque todos serán benditos, y se reunirán con el Señor. Bienaventurados los que te aman, y los que se gozan de tu paz. Alma, mía, al Señor, porque libró a Jerusalén de todas sus tribulaciones el Señor nuestro Dios. Bienaventurado seré, si quedaren reliquias de mi linaje para ver la claridad de Jerusalén. De zafiro y de esmeralda serán edificadas las puertas de. Jerusalén: y de piedras preciosas todo el recinto de sus muros. De piedras blancas y limpias serán enlosadas, todas sus calles: y por sus barrios se cantará Aleluya. Bendito el Señor que la ha ensalzado, y sea su reino en ella, por los siglos de los siglos. Amén».

10.º Cargo. «Que aplique a la Sinagoga, más bien que a la Iglesia, lo que dice el Apocalipsis sobre la mujer vestida del sol, contra la sentencia común de los intérpretes ».

Respuesta. - Todos los intérpretes convienen en que esta mujer vestida del sol es una alegoría que representa, según algunos, a la Iglesia, según otros a la SSma. Virgen, etc., lo cual indica que no es unánime su aplicación a la Iglesia. El P. Lacunza prueba que todas las cosas, que expresa esa alegoría pueden sin inconveniente aplicarse a la Nación Judía, y hace ver que le sienta como un traje hecho sobre la medida de su cuerpo. Me parece que en esto usa de su pleno derecho, y él mismo convida a meditar el punto para encontrar otra interpretación que sea mejor que la suya. Prueba que aplicada a la Iglesia no se acomoda, y a la SSma. Virgen es ofensiva e impía.

11.º Cargo. «El que se hayan de restablecer los sacricios y solemnidades de la ley antigua; en lo cual concuerda demasiado con Eunodio y Papías».

Respuesta. - Consta del libro 2.º de los Macabeos cap. 11, que Jeremías escondió el Arca de la Alianza en tina cueva del monte Nevo, y profetizó diciendo: «Que será desconocido el lugar hasta que reuna Dios la congregación del pueblo y se muestre propicio». Esto es ya un indicio de que Dios para algo guarda el Arca y sus accesorios. En Malquías las cap. III ver. 3 y sig. leemos: «¿Quién podrá pensar en el día de su venida, y quíen se parará para mirarlo? Porque él será como fuego derretidor, y como yerba de bataneros. Y se sentará para derretir y para limpiar la plata, y purificará a los hijos de Leví y los afinará como oro y como plata y ofrecerán al Señor sacrificios con justicia. Y será agradable al Señor el sacrificio de Judá de Jerusalén, como en los días del siglo y en los años antiguos».

Como ve el lector, la primera parte del cargo no significa nada en contra del P. Lacunza, puesto que la Sagrada Escritura lo dice y nada ha definido la Iglesia. Por lo que respecta a la segunda, el cargo es tan vago que parece ridículo. El P. Lacunza pide en el prólogo de su obra, que por justicia no la confundan con la de Enodio Papiá.

12.º Cargo. «Que para probar su sistema retina muchísimos textos de la Sagrada Escritura, extrayéndolos de una y otra parte, los cuales considerados en sus propios lugares tendrían un sentido muy diverso».

Respuesta. - El P. Lacunza es el apóstol del sentido literal de las Escrituras, y no sólo se contenta con el texto, sino que se impone de todo el contexto de los pasajes que cita. El P. Fray Pablo de la Concepción que dió el notable informe sobre La Venida del Mesías para su publicación en la ciudad de Cádiz, trae un párrafo que responde a este cargo y que yo suscribo en todas sus partes. (Bien poca cosa vale mi opinión, pero ella ha sido formada con la lectura repetida de la obra). El párrafo dice así: «La verdad, la abundancia, la naturalidad de los pasajes que alega de la santa Escritura, así del antiguo como del nuevo Testamento, de tal manera inclinan el entendimiento al asenso de su sistema, que me atrevo a decir: que si lo que él dice es falso, jamás se ha presentado la mentira tan ataviada con el sencillo y hermoso ropaje de la verdad, como la ha vestido este autor, porque el tono de ingenuidad y de candor, la misma sencillez del estilo, el convite que siempre hace a que se lea todo el capítulo, y capítulos de donde se toma, y que preceden o siguieren a los pasajes que alega, la correspondencia exacta no sólo de las citas sino también del sentido que a primera vista ofrecen los sagrados textos; todo esto, digo yo, dan tan fuertes indicios de verdad, que parece imposible rehusarle el asenso a no estar obstinadamente preocupado en favor del sistema contrario».

13.º Cargo. «El que interprete muchos lugares de la Sagrada Escritura en un sentido muy diverso del que les, da el unánime consentimiento de los Padres y doctores católicos ».

Respuesta. - Cítese un solo lugar en que el P. Lacunza interpreta la Sagrada Escritura contra el unánime sentir de los Santos Padres, cuando este está revestido de todas las condiciones que han establecido los teólogos para que tenga fuerza de ley.

Tales son los cargos, o reparos, o cosas dignas de reprobarse que, en la obra La Venida del Mesías del P. Lacunza, han encontrado el Excmo. Cardenal Fontana y el P. Zechinelli, ambos nombrados por la Sagrada Congregación para informarla sobre ella.

Inmediatamente después de enumerar estos cargos que hemos estudiado, prosigue el P. Enrich: «Al llegar a este punto el P. Zechinelli se halló como perplejo y sin saber qué resolución debía tomar. «Los reparos que acabo de hacer, dijo en su dictamen, a los trece puntos antecedentes, y las notas con que el Excmo. ha censurado justamente sus quince proposiciones, exigen que no se permite circular libremente la obra de Lacunza; sin embargo, no faltan razones, que me retraen de proponer que sea absolutamente prohibida; y son: 1.º La celebridad y buena fama del autor, aun entre personas eminentes por su saber y piedad, que miran con respeto su sistema. 2.º La intención, al parecer, recta y sincera del mismo autor, y la protesta con que sujeta de buena fe su persona y su obra al juicio de la Iglesia. 3.º La autoridad de San Agustín y San Jerónimo, que jamás condenaron la opinión de, los milenarios moderados. 4.º La misma obscuridad en que la Sagrada Escritura ha dejado envueltos y como ocultos los sucesos que han tener lugar en la venida del Mesías y en el fin del mundo. .5.º El silencio de la Iglesia, que no parece haya condenado la opinión de los milenarios moderados; aunque S. Dámaso condenase los errores de Apolinario que también lo era».

«Si no conviene, pues, que la obra circule libremente, ni que se prohiba absolutamente ¿que se deberá hacer? Si viviere el autor bastaría suspender su publicación hasta tanto que se corrigiera; pero habiendo fallecido ¿cómo se podrá mirar por buena su opinión e impedir que aparezca como aprobada en alguna manera por la Iglesia la opinión del milenarismo? Tal vez bastaría el que únicamente se prohibiese su impresión en Roma; pero si esto no fuese suficiente, consideren los ilustrados y respetables personajes, que componen la Congregación del Indice, lo que convenga hacer»,. Estos así lo cumplieron; pero sin tomar su resolución definitiva, antes de obtener el parecer de otro teólogo consultor, y fué el P. Vigilio. Al ver que este en casi todo se conformaba con el P. Zechinelli, y después de haber considerado maduramente el asunto y los informes de los cuatro consultores, pronunciaron su solemne fallo, diciendo simplemente: Prohibetur in quodcumque idiomate; y desde aquel día, 6 de Septiembre de 1824, la citada obra del P. Lacunza está en el índice de los libros prohibidos.»

De estos antecedentes, prosigue el P. Enrich, podemos deducir que esta obra no fué simplemente suspensa, sino verdaderamente prohibida; y no por mera cautela de evitar ruidosas e inútiles cuestiones entre los católicos, sino por motivos intrínsecos a la obra misma y a causa de los daños que las doctrinas en ella contenidas podrían causar. Es verdad que ni la obra, ni su autor, ni su sistema fueron censurados por la Sagrada Congregación, y que la prohibición recae simplemente sobre la obra y no sobre el sistema expuesto en ella».

En este curioso resumen parece que el P. Enrich quiere emitir su opinión en fuerza de la verdad; pero una especie de pavor lo obliga a ocultarla en densa polvareda. Sin embargo, como a hurtadillas y tapándose con su mano la boca nos dice: «Hijitos, en la obra del P. Lacunza no hay cosa censurable, y sólo se ha prohibido su lectura por pura cautela».

Esta es también mi humilde opinión, que fundo en las siguientes razones:

1.º En que los repasos del Excmo. Cardenal Fontana, y del P. Zechinelli no prueban en la obra ni error, ni heregía, ni inmoralidad, ni algo que se les parezca.

2.º En que algún temor asaltaría al P. Zechinelli al suscribir esos cargos, cuando se quedó tan perplejo que trató de desvituarlos. En su informe llega a decir: «Si no conviene que la obra circule libremente, ni que se prohiba absolutamente Tal vez bastaría el que únicamente se prohibiese su impresión en Roma», etc.

3.º En que el teólogo español, nombrado por la Sagrada Congregación después del Excmo. Cardenal Fontana, teniendo a la vista los cargos que este había hecho, defendió y recomendó la obra, agregando que «pudiendo fácilmente abusar de ella los ignorantes y tímidos no conviene se imprima; por no ser razonable publicar para bien de pocos lo que ha de ser para daño de muchos».

Fundado pues en estas razones, y en que jamás se ha formulado un cargo que convenza la obra del P. Lacunza de error o de inmoralidad, parece ser razonable confirmarse en la idea de que ha sido prohibida sólamente por pura cautela.

Corrobora nuestra humilde opinión el sentir del eminente escritor y crítico don Marcelino Menéndez Pelayo, el cual en su obra Heterodojes Españoles, tomo III, página 410 se expresa así: «La obra (Venida del Mesías) desde 1824, fué incluída en el Indice de Roma, razón bastante para que quedara con nota y sospecha de error. Pero no todo libro prohibido es herético; y al ver que notables y ortodoxísimos teólogos ponen sobre su cabeza el libro del P. Lacunza, como sagaz y penetrante expositor de las Escrituras, por más que no consideren útil su lección a todo linaje de gentes, ocúrrese desde luego esta pregunta: ¿Fué condenada La Venida del Mesias por su. doctrina milenarista o por alguna otra razón secundaria?»

Después de algunas consideraciones, en que a su juicio cree que no ha podido ser condenada por el sistema que sostiene, prosigue diciendo: «0tras debieron ser, pues, las causas de la prohibición del libro del supuesto Ben-Ezra., y (a mi entender) pueden reducirse a las siguientes:

«1.º La demasiada ligereza y temeridad con que suele apartarse del común sentir de los expositores del Apocalipsis, aun de los más sabios, santos y venerados, tachándolos desde el discurso preliminar de su obra de haber enderezado todo su conato a acomodar las profecías a la primera venida del Mesías... sin dejar nada o casi Dada para la segunda, como si sólo se tratase de dar materia para discursos predicables, o de ordenar algún oficio para el tiempo de Adviento.»

«2.º Algunas sentencias raras y personales suyas de que apenas se encuentra vestigios en ningún escriturario antiguo ni moderno, v. gr.: la de que el Antecristo no ha de ser una persona particular sino un cuerpo moral, y la de la total prevaricación del estado eclesiástico en los días del Antecristo.»

«3.º Las durísimas y poco reverentes insinuaciones que hace de Clemente XIV, autor del Breve de la supresión de la Compaña.»

«4.º El peligro que hay siempre el tratar de tan altas cosas, de misterios y profecías, en lengua vulgar, por ser ocasión de que muchos ignorantes, descarriados por el fanatisimo, se arrogen a dar nuevos y descabellados sentidos a las palabras apocalípticas, como vemos que cada día sucede.»

«Por todas estas razones, Y sin ser hereje, fué condenado el P. Lacunza, y por todas ellas debe hacerse aquí memoria de él, salvando sus intenciones y su catolicismo, y no mezclándolo en modo alguno con la demás gentes non sancta de que se habla en este libro.»

En la primera parte de esta cita vemos que el señor Menéndez Pelayo certifica el hecho de que notables y ortodoxísimos teólogos ponen sobre su cabeza el libro P. Lacunza, como sagaz y penetrante expositor de las Escrituras, por más que no consideren útil su lección a todo linaje de gentes: lo cual significa que la obra del P. Lacunza, sobre ser enteramente ajustada a la doctrina católica, es de un mérito y de una autoridad imponderables, pero que no sienta bien en las manos de todo el mundo.

No tenemos porque dudar de este hecho atestiguado por una persona de la talla, del señor Menéndez Pelayo, y que era ya suficientemente conocido.

Pero al tratar de las cuatro razones que (a su entender) han motivado la prohibición de la obra del Padre Lacunza, creo que, con todo el respeto que merece tan eminente escritor, podemos hacer algunas observaciones, autorizados por el respeto infinitamente mayor que se debe a la razón y a la justicia.

Es muy sensible que el señor Menéndez Pelayo, al emitir su juicio, se haya atenido más bien a informacíones que le parecieron autorizadas, que a su propio criterio formado en el estudio formal de La Venida del Mesías. Esas cuatro razones son especiosas y capaces de llevar el convencimiento a la generalidad de los lectores; pero los que con detenimiento hemos leído la obra del Padre Lacunza, hemos encontrado que de esas cuatro razones, sólo la última (a nuestro humilde entender) es digna de tomarse en consideración.

Como las tres primeras importan un cargo en contra de la obra del Padre Lacunza, creemos necesario examinarlas, aunque sea brevemente, para probar su falta de fundamento.

Sostiene en primer lugar el señor Menéndez Pelayo, que el Padre Lacunza «con demasiada ligereza y temeridad suele apartarse del común sentir de los expositores» etc. ¡Esto es desesperante! Precisamente, cuando se lee La Venida del Mesías, lo que en ella causa mayor admiración es el acopio de luz, el vigor de la lógica, la naturalidad y, conveniencia de las deducciones. El autor nada sienta sin probar, y sin probar tan sólidamente que nadie ha desvirtuado hasta hoy la solidez de ninguna de sus pruebas, y sin que nadie, a no estar obstinadamente prevenido, le haya negado su pleno asentimiento.

¿Como puede el señor Menéndez Pelayo calificar de ligero y temerario a un autor cuyo libro, como él mismo lo asegura, «notables y ortodoxísimos teólogos ponen sobre su cabeza»? ¿Como ha podido saber que el Padre Lacunza suele apartarse del común sentir de los expositores del Apocalipsis» etc.? Sólo por informaciones ha podido saber todas estas cosas el señor Menéndez Pelayo; porque la verdad del caso es que el Padre Lacunza no sólo «suele apartarse,», sino que de hecho establece un sistema enteramente distinto del que sigue la casi totalidad de los expositores. Si con detención hubiese leído la obra del Padre Lacunza, habría visto que su sistema se fundaba en la Santa Escritura, que estaba sólidamente probado y admirablemente refutadas las opiniones de los expositores en aquellos puntos en que no concuerdan con los Libros Santos: habría visto que la obra del Padre Lacunza era un hermoso comentario de la Sagrada Escritura, hecho sobre, la Escritura misma, y no sobre los comentarios de lo comentadores.

Ha sido prohibida en segundo lugar, a juicio del señor Menéndez Pelayo la obra del P. Lacunza: - «por algunas sentencias raras y personales suyas, de que apenas se encuentra vestigio en ningún otro escriturario antiguo ni moderno». - Me parece que no hay mucho que discurrir para rechazar un cargo tan desprovisto de razón. Si esas «sentencias raras y personales» son erróneas y despreciables, santo y bueno que se haga de ellas el uso que merecen; pero, si por el contrario, son verdaderas grandiosas y fecundas, y tienen además el raro mérito de la originalidad, la razón obliga a inclinarse ante el genio que las ha producido.

Como muestra de esas «sentencias raras y personales» del P. Lacunza, nos presenta el señor Menéndez Pelayo - «la de que el Antecristo no ha de ser tina persona particular sino un cuerpo moral». - Antes que todo hemos de advertir que, no habiendo definido nada la Iglesia sobre este punto, cada cual tiene derecho de pensar lo que juzgue más conveniente. Por lo que respecta a las ideas que sobre el Antecristo nos da el P. Lacunza, podemos decir que son tan conformes a las Santas Escrituras, al buen sentido, a esa economía con que Dios gobierna al mundo, que parece verdaderamente imposible pensar de una manera distinta de la suya. Después de leer su obra, por lo menos aquella parte en que trata de esta materia, llegamos a reirnos de nosotros mismos, y, apretándonos la cabeza con ambas manos, nos sentimos maravillados al pensar cómo han podido caber en ella tantos cuentos, con que la imaginación popular ha revestido al Ántecrísto.

Como otra muestra de esas «sentencias raras y personales» del P. Lacunza nos presenta también - «la de la total prevaricación del estado eclesiástico en los días del Antecristo». - Debo advertir que es más conforme con lo que afirma el autor decir: «la casi total prevaricación etc.,» Hecha esta salvedad, no puedo menos que manifestar mi sorpresa por la sorpresa del señor Menéndez Pelayo. ¿Es posible que él, que llevaba en su cerebro una verdadera biblioteca, ignorase el Evangelio? Una de las cosas anunciadas con mayor claridad en el Nuevo Testamento es el olvido de la fe, o la apostasía de la fe en los últimos tiempos: conocida es aquella sentencia de N. S. Jesucristo que se lee en S. Lucas 18:8 «Más cuando viniere el lhijo del Hombre ¿pensais que hallará fe en la tierra?» Todo el capítulo 24 de San Mateo nos pinta con vivísimos colores los peligros y tribulaciones a que se verán expuesto los fieles para conservarse en su fe. Por no extenderme demasiado sólo citaré de este capítulo desde el versículo 3.º al 25. «Y estando sentado él en el monte del Olivar se llegaron a él sus discípulos y le dijeron: Dinos ¿cuando serán cosas, y qué señal habrá de tu venida y de la consumación del siglo? Y respondiaendo Jesús les dijo: Guardaos que nosengañe alguno. Porque vendrán muchos en mi nombre y dirán: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán . Y también oireis guerras y rumores de guerra. Mirad que no os turbeis: porque cinvience que esto suceda, más aun no es el fin. Porque, se levantará gente contra gente, y reino contra , y habrá pestilencías y hambres y terremotos por los lugares. Y todas estas cosas principios son de dolores. Entonces os entragarán a tribulacíón, y os matarán; y sereis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre. Y muchos entonces serán escandalizados, y se entregarán unos a otros, y se aborrecerán entre sí. Y se levantarán falsos profetas y engañarán a muchos. Y porque se multiplicará la iniquidad se resfriará la caridad du muchos. Más el que perseverare hasta el fin, este será salvo. Y será predicado este Evangelio del reino por todo el mundo, en testimonio a todas las gentes, y entonces vendrá e1 fin. Por tanto, CUANDO VIEREIS QUE LA ABOMINACIÓN DE LA DESOLACIÓN, QUE FUE DICHA POR EL PROFETA DANIEL ESTÁ EN EL LUGAR SANTO, EL QUE LEE ENTIENDA. Entonces los que están en la Judea, huyan a los montes ... Porque habrá entonces grande tribulación cual no fué desde el principio del mundo hasta ahora ni será. Y si no fuesen abreviados aquellos días, ninguna carne seria salva; más por los escogido serán abreviados. Entonces si alguno dijere: Mirad el Cristo está aquí o allí no lo creais - Porque se lvantarán falsos cristos y falsos profetas, y darán grandes señales y prodigios de modo que si puede ser caigan en error aun los escogidos.» Después de estos testimonios ¿Podrá decirse que son ideas raras y personales del P. Lacunza los oráculos del Evangelio? ¿No deploró el mismo señor Menéndez Pelayo, cómo la mayor y mas incurable plaga de los tiempos presentes, el indiferentismo religioso, que arrastra en general apostasía a individuos, familias y naciones?

Nos dice, en tercer lugar, el señor Menéndez Pelayo, que la obra del P. Lacunza ha sido prohibida por - «las durísimas y poco reverentes insinuaciones que hace acerca de Clemente XIV, autor del Breve de la extinción de la Compañía». Quien pudiera preguntar al señor Menéndez Pelayo: ¿en que lugar de la obra ha encontrado esas «durísimas y poco reverentes insinuaciones», etc? Lo que es yo, debo ser muy distraído, jamás he encontrado ni el nombre del Papa Clemente XIV, ni una sola alusión a la extinción de la Compañía de Jesús, ni algo que envuelva o signifique algún desahogo en contra de alguien, por cualquiera causa o motivo.

Es verdad que no han faltado autores que han creído encontrar en ciertos pasajes, tomados aisladamente, algún fundamento para pensar que el P. Lacunza respira por la herida, como vulgarmente se dice; pero esas ideas o sospechas se desvanecen por completo cuando se lee la obra con un poco de atención, y el lector, libre de preocupaciones, llega a penetrarse del espíritu del autor. Así el P. Enrich, en su Historia de la Compañía de Jesús en Chile, t. II páj. 495, dice: «La inaccíon a que se vio condenado (el P. Lacunza) en aquel destierro le dió tiempo y ocasión para consagrarse a un profundo estudio de la Sagrada Biblia; y el libro del Apocalipsis fué el objeto constante y predilecto de sus meditaciones. A nuestro humilde juicio, su propia desgracia, las maquinaciones de que los jesuítas se veían víctimas, y la fatal condescendencia del Pontífice Romano con los filósofos y poderosos de la tierra en contra de la Compañía, contriburía bastante a exaltar su imaginación de modo que hallase en algunos versículos y capítulos de la Sagrada Escritura el sentido que nadie había imaginado». Nadie podrá negar que todo esto está dentro de lo posible; pero la verdad es también que todo esto no pasa de ser una suposición, una sospecha que carece en absoluto de todo fundamento real.

Después de examinar los cargos que se han formulado en contra de la obra del P. Lacunza, tomándolos de las fuentes más autorizadas, como son los informes presentados a la Sagrada Congregación, podemos dejar establecido que ninguno de ellos prueba en La Venida del Mesías ni heregía, ni error, ni inmoralidad, y que más bien son hijos de la sorpresa que causara la novedad y originalidad de la obra, y más que todo, de la libertad, entonces inaudita, que se permitiera su autor de refutar las opiniones de los SS. Padres, para fundar un sistema distinto del que era generalmente admitido, sobre las circunstancias que han de acompañar la segunda venida de N. S. Jesucristo. Hoy, día esa sorpresa se ha desvanecido por completo, y la autoridad de los SS. Padres, veneranda y digna de toda consideración, ha quedado prácticamente reducido a los justos límites que, desde antiguo, le han fijado los teólogos, corno comentadores de la Sagrada Escritura.

¿Cuáles serán entonces las razones que han obligado a la Iglesia a colocar y a mantener en el índice de los libros prohibidos, la obra del P. Lacunza La Venida del Mesías? Para contestar a esta pregunta es necesario advertir, que la Sagrada Congregación, después del largo proceso que se formara para dar su fallo definitivo, se contentó con decir simplemente: Prohibitum quodcumque idiomate». Pero, aunque la Sagrada Congregación no haya creído necesario u oportuno fundar su sentencia, debemos pensar que razones muy poderosas y justificadas, la han obligado a prohibir la lectura de la obra del P. Lacunza, advirtiendo que en esa simple prohibición, de ninguna manera se envuelve su condenación, pues son cosas muy diversas condenar una obra y prohibir su lectura. Debo también hacer presente, que no es objetar en lo más mínimo este juicio de la Iglesia, que ha de recibirse sin disensión, empeñarse en esclarecer por medio de un estudio científico las razones que lo han motivado.

A la luz de todos los antecedentes que hemos podido recoger, y después de consultar a personas que por su ciencia y piedad, unidas a un conocimiento cabal de La Venida del Mesías, merecen que su opinión sea tomada en cuenta, pasamos a exponer las razones que justifican plenamente la prohibición de la obra del P. Lacunza.

En nuestro humilde concepto, creemos que todas esas razones pueden expresarse en la forma siguiente: Una simple cautela fundada en la inconveniencia de que ese libro, siendo lectura de sólo gente piadosa e ilustrada, circule libremente, por el peligro de que, atraídos por el interés que despierta, personas ignorantes o de dañadas intenciones adopten, con verdadero fanatismo, interpretaciones groseras de algunos pasajes del P. Lacunza.

Este juicio que necesariamente ha de formarse toda persona que, libre de arral"<.,,,tdas preocupaciones o de infundadas timideces, huya leído La Venida del 31esías está en perfecto acuerdo con las autorizadas opiniones de los graves autores que paso a citar. Ya conocemos la opinión del teólogo espaPiol nom`brado por la Sagrada CongregacUn, después del Cardenal Fontana. Conocemos también las perplegidades del P. Zechinelli al suscribir los cargos del Cardenal. Hemos visto que el sefior Menéndez Pelayo certifica el hecho de que notables y ortodoxísimos teólogos ponen sobre su cabeza la obra del P. Lacunza.

De propósito hemos dejado para este lugar la última de las razones expuestas por el seior Menéndez Pelayo, que a su juicio han motivado la prohibición de La Venida del Alesías. «El peligro que hay siempre en tratar de tan altas cosas, de misterios y profecías en lengua vulgar, por ser ocasión de que muchos ignorantes, descarriados por el fanatismo, se arrojen a dar nuevos y descabellados sentidos a las palabras apocalípticas, como vemos que cada día sucede». El mismo serior Menéndez Pelayo cita a variosautores que, inspirados en el P. Lacunza, han escrito obras que califica de baldías y estériles. Xosotros también, si no fuera por extendernos demasiado, citaríamos algunos comentarios divertidísimos y otros verdaderamente peligrosos y atrevidos, frutos de la ignorancia y de la malignidad.

El Iltmo. señor Torres Amat, en su traducción de La Vulgata, trae una nota al capítulo 20 del Apocalipsis, cuyo final es corno sigue: «El sabio jesuíta Lacunza ha escrito en estos últimos arios a favor de la sentencia de los milenarios puros o espirituales, una obra con este título: «Venida del Mesías en gloria y majestad, por Juan Josafat Ben-Ezra» Dicha obra es digna de que la mediten los que particularmente se dedican al estudio de la Escritura, pues da luz para la inteligencia de muchos textos oscuros; pero no miro conveniente que la lean aquellos cristianos que sólo tienen un conocimiento superficial de nuestra Religión, por el mal uso que pueden hacer de algunas máximas que adopta el P. Lacunza».

El sabio Gorriti, Arcediano de Salta, dice: «Aconsejo al joven eclesiástico que lea y haga un estudio formal de la obra del incomparable americano Lacunza, honra no sólo de Chile, que fué su patria, sino de todo nuestro continente, titulada «La Venida del Mesías en gloria y majestad, por Juan Josafat Ben-Ezra», impresa en Londres. No es mi ánimo aconsejar la adopción de su sistema sobre la segunda venida del Mesías: sobre esto cada cual forma rá su juicio después de leídas y examinadas las pruebas. Quiero indicar una fuente donde, el que desee leer las Santas Escrituras con provecho, encontrará reglas muy justas y claras; aprenderá a apreciar los intérpretes y se facilitará la inteligencia de casi toda la Escritura. Tampoco es mi ánimo retraer a los jóvenes eclesiáticos de consultar a los expositores sagrados, sino advertirles que deben primero procurar enseñorearse del sentido recto, natural o literal de los textos, antes de buscar alegorías o sentidos figurados: después de entender la escritura en su sentido natural, sacará mucho provecho en instruirse de los sentidos místicos o morales que los Santos Padres han encontrado y explicado en sus homilías y comentarios, para edificación del pueblo cristiano».

Además de todas estas autoridades, podemos añadir que ha sido práctica corriente de muchos sacerdotes ilustrados, y de eminentes obispos americanos, recomendar la lectura de La Venida del Mesías a personas ilustradas y piadosas. Por nuestra parte hemos tenido oportunidad de oir en repetidas ocasiones, a varios prelados expresarse de la obra del P. Lacunza, corno uno de sus libros favoritos, y aconsejar encarecidamente a los sacerdotes su lectura.

Queda pues demostrado por los informes presentados a la Sagrada Congregación, y por las autorizadas opiniones que acabamos de citar, que en la obra del P. Lacunza no hay ni heregía, ni error, ni inmoralidad, ni algo que merezca justa reprensión. Jamás sus impugnadores han podido formular en concreto nada que, a la luz de una sana crítica, sea digno de censura. Por otra parte, las personas sensatas, y hasta sus más ardientes partidarios están contestes en decir que es un libro que no sienta bien en las manos de todo linaje de gentes. Esta sola consideración bastaría para justificar plenamente la prohibición de su lectura. Pocas obras han sido objeto de tan numerosos comentarios, y de más acaloradas polémicas que La Venida del Mesías. La materia de que trata es de suyo interesante; está expuesta con pasmosa claridad y elocuencia arrebatadora; es tal la solidez de sus argumentaciones, que se necesita ser muy taimado para no decir: «tiene toda la razón». Muchos sabios de primera nota han leído esta obra con verdadera admiración, y han hecho de ella un objeto constante de sus profundas meditaciones. Entre la turba multa de sus lectores ha habido no pocos que, llevados de pueril entusiasmo, corno potros desbocados, han saltado las vallas que respetara el autor, y, en alas de su fogosa imaginación, se han puesto a sacar deducciones peligrosas y desprovistas de todo racional fundamento.

Cuando consideramos la originalidad de este libro, y la novedad de las doctrinas que en él se contienen: cuando vemos que armado de una lógica implacable viene, en son de guerra, a derribar fortalezas que se miraban inespugnables y sagradas, y a echar por tierra sistemas arraigados en la conciencia católica, entonces podremos imaginarnos cuan inmenso debió ser el asombro que se produjiera, y, el concierto de voces y de protestas que se levantaran para condenar tan inaudito atentado. Así se comprende que muchos, llenos de inocente timidez, no se atrevieran a mirar ni de lejos semejante libro, y que muchos ignorantes y fanáticos, sin querer ni siquiera leerlo pudiendo y debiendo hacerlo antes de emitir opiniones, hayan llegado a calificarlo de parto satánico. Cuando tomamos en cuenta este conjunto de circunstancias no podemos menos que admirar la sabiduría de la Iglesia que sólo se contentó con prohibir la lectura de la obra del P. Lacunza sin condenar nada de lo que en ella se contiene, dejando así que el tiempo y el estudio vayan disipando las tinieblas que ocultan el resplandor de la verdad.

IV

Causa verdadero asombro el trabajo colosal que ha debido imponerse el P. Lacunza, para la composición de La Venida del Mesías: su redacción es harto laboriosa, y su extensión considerable. Pero esto es solamente una pequeña parte de labor comparada con la preparación científica que supone en el autor, y las profundas y largas abstracciones de su mente para reunir, meditar y disponer tan diversos y variados elementos. Desde luego admira su conocimiento tan cabal y completo de las Sagradas Escrituras, que me parece no ser exagerado decir que, en los tiempos modernos, nadie como él las ha estudiado tan a fondo y con igual perseverancia. Y no se crea que se ha contentado solamente, después de muchas atentas y reposadas lecturas, con imponerse de sus más minuciosos detalles, sino que las ha recorrido y meditado científicamente, indagando la correspondencia y relación que existe de unos libros con otros; haciendo ver que los lugares obscuros e impenetrables de unos se aclaran y se hacen accesibles en otros; presentando el conjunto de todos ellos como un todo armónico, como un cuerpo organizado, compuesto de muchos miembros diversos que desenipei1an distintas funciones, y todos unidos por nervios y arterias que le dan consistencia y vida, y aquella admirable unidad, trasparencia de su divina inspiración. Esta sola versación del P. Lacunza en las Sagradas Escrituras, bastaría para llenar una vida larga y laboriosa.

Pero la admiración se convierte en estupor al pensar que el P. Lacunza ha tenido que leer y estudiar a conciencia la Patrología entera, (cerca de mil gruesos volúmenes in folio) para conocer, resumir y refutar las doctrinas de los SS. Padres y expositores. Tal empresa sería suficiente para ocupar, por muchos años, una asamblea de sabios descollantes por su paciencia. Y debemos pensar que esta abrumadora tarea la realizó el P. Lacunza con toda extensión y exactitud, puesto que nadie ha dicho hasta ahora: en tal o cual lugar el P. Lacunza se ha equivocado, o no se ha posesionado del sentido, o no ha sido fiel en la síntesis etc.: sólo en esta forma puede tener valor el reparo, y es posible la confrontación: las generalidades en esta materia, autorizan plenamente para repetirle a quien las diga la conseja popular:

«Es el más fácil mentir
El mentir de las estrellas,
Puesto que nadie ha de ir
A preguntárselo a ellas.»

Contestes están todas las personas que han leído La Venida del Mesías en decir que el inmenso acopio de ciencia, la perseverancia en el estudio, el talento analítico y sintético, las dotes de escritor, las abstracciones del filósofo, la lógica contundente del polemista etc., dan muestras claras de que el P. Lacunza es un genio verdaderamente portentoso. Pero no han faltado quienes digan que fué un genio lastimosamente perdido, por cuanto que sus grandes facultades se aplicaron a estudios completamente estériles e inútiles. Se comprende que lleguen a semejante deducción, las personas que miran con el mas frio excepticismo todo sentimiento religioso, aun aquel que brota natural y espontáneamente en el ser humano, o las que piensan que los fundamentos de la creencia religiosa deben ser la más estúpida ignorancia, y consagran aquel dicho tan depresivo: «la fe del cristiano debe ser la fe del carbonero». Pero las personas que buscan solución y lenitivo en las dudas y ansiedades de la vida, y luz que esclarezca los hondos misterios que oprimen a la conciencia humana; las que ven en las sagradas Escrituras el manantial de las más sublimes enseñanzas; que sienten vibrar en ellas el eco divino de aquella palabra que creó el universo, y saben que en sus misteriosos arcanos, se contiene con cuatro mil años de anticipación la historia de los destinos humanos, no dejarán de comprender que esos estudios son el objeto más digno de las meditaciones de un sabio.

Sin defender ni recomendar el sistema del P. Lacunza, cuyo asentimiento ha de abrirse paso en el ánimo del lector, en vista de las razones que lo sostienen, quiero solamente llamar la atención a dos importantes servicios, prestados por el P. Lacunza al estudio científico de las sagradas Escrituras, los cuales bastan por si solos para conquistarle eterno renombre de sabio.

Consiste el primero en el hermoso tratado de exígesis bíblica, que encierran el discurso preliminar de su obra y los dos capítulos que le siguen. Esas cortas páginas son un foco de luz para la interpretación de las Sagradas Escrituras: jamás se ha formulado un código más completo, luminoso y científico sobre dicha materia.

El segundo consiste en la preciosa clave descubierta por el P. Lacunza, que esclarece todos los misterios y profecías contenidos en los Santos Libros, y que antes parecían enigmas impenetrables. Voy a describirla con la claridad que me sea posible: Las profecías de las Sagradas Escrituras tienen por objeto la persona de N. S. Jesucristo en sus dos venidas. Los profetas, posiblemente sin darse cuenta de estas dos venidas, y siguiendo sólo los dictados de su inspiración, consignaron confusamente las circunstancias de ambas, sin distinguir las que eran peculiares de cada una. Ahora bien: si la palabra divina ha de cumplirse en todas sus partes, fluye como consecuencia necesaria, que todo lo que no se realizó en la primera venida de N. S. Jesucristo, cuyas circunstancias son de todos conocidas, ha, de realizarse infaliblemente en la segunda.

Estos dos servicios prestados por el P. Lacunza son tan reales y fecundos que han cambiado por completo la dirección de los estudios bíblicos, y abierto en ellos anchos, e ignorados horizontes. Hoy día parece casi imposible que, en materia de interpretación de la Sagrada Escritura, pueda avanzarse un paso, sin adoptar como base estas dos producciones del genio del P. Lacunza.

El sabio autor del artículo Lacunza que se lee en el Diccionario Biográfico de Cortés, corrobora estas ideas diciendo: «Esta obra (La Venida, del Mesías) es la clave más preciosa que se conoce para la interpretación de toda la Sagrada Escritura, encontrándose con ella, claros como la luz, los pasajes más oscuros que anteriormente se habían presentado como impenetrables a los ingenios más sublimes. Al principio causó bastante sorpresa a varios sabios el sistema de nuestro autor, lo cual produjo varios escritos que lo impugnaron, pero sin razones convincentes, y sólo con declamaciones y lugares comunes, sin que pudiesen debilitar en lo más mínimo el monumento erigido por Lacunza. Empero, si tuvo algunos contradictores aun entre los mismos jesuítas, le sobraron también de entre ellos muy hábiles defensores. Pasada la primera sorpresa, producida por la originalidad del libro, se ha ido desvaneciendo gradualmente ese antagonismo, y a la época en que nos hallamos, ya es muy frecuente la adhesión de los comentadores al sistema Lacuncista, al milenarismo cristiano».

Concuerda en estas apreciaciones el Iltmo. señor Torres Amat, quien, en su traducción de La Vulgata, termina una nota puesta al capítulo 20 del Apocalipsis con estas palabras que ya antes he citado y que me permito repetir: «El sabio jesuíta Lacunza ha escrito en estos últimos años, a favor de los milenarios puros o espirituales, tina obra con este título: «Venida del Mesías en gloria y majestad, por Juan Josaphat Ben-Ezra». Dicha obra es digna de que la mediten los que particularmente se dedican al estudio de la Escritura, pues, da luz para la inteligencia de muchos textos oscuros; pero no miro conveniente que la lean aquellos cristianos que sólo tienen un conocimiento superficial de nuestra Religión, por el mal uso que pueden hacer de algunas máximas que adopta el P. Lacunza». Sin embargo, veo con sorpresa que esta sensatísima nota ha sido quitada en las ediciones posteriores. ¿A qué, obedece esta determinación? No lo sé. El señor Torres Amat es muerto y los editores evidentemente han mutilado sus escritos.

Debo consignar aquí un hecho curioso y que en los primeros momentos produce penosa impresión; pero que, después de reflexionado se ve que no pasa de ser una ridícula torpeza. La obra del P. Lacunza, por sus dos ediciones correctísimas y numerosas hechas en Londres y por las acaloradas polémicas que ha ocasionado, es bastante conocida en los centros científicos: su influencia es grande y notoria; se adoptan sus ideas, se sigue su sistema, y hasta se usan sus palabras y su estilo; pero no se cita ni a la obra ni al autor. Esto puede comprobarse en varios autores: la gloria de tanta nobleza resplandece en su frente: quieren pasarla de sabios, y ante la gente sensata no son más que desvergonzados plagiarios.

Pero no es solamente la exposición de un sistema, o de algunas ideas más o menos luminosas u originales lo que significa la obra del P. Lacunza: hay en ella algo más trascendental y que explica su acción fecunda y persistente. Aunque el autor no lo haya expresado con las palabras propias y terminantes, sin embargo, su intención se desborda de todas sus páginas con toda franqueza y claridad. Interpretando la intención clara y manifiesta del P. Lacunza, me atrevo a formularla en la forma siguiente: «LA VENIDA DEL MESÍAS tiene por objeto la aplicación del método experimental al estudio de las sagradas Escrituras, sin más traba que la autoridad de la Iglesia, a quien correspondo privativamente fijar su verdadero sentido o interpretación, y el unánime consentimiento de los Santos Padres, siempre que no contradiga lo que clara y expresamente dice la Sagrada Escritura.»

El P. Lacunza con toda la ciencia de un sabio en la más amplia acepción de la palabra, con la sublime e inquebrantable entereza del héroe que no desmaya, con la encendida fe del santo que no busca más que la gloria de Dios, y con la vibrante voz del profeta, demolió para siempre en los estudios religiosos el principio de autoridad tradicional, rémora eterna en el avance de los conocimientos científicos, y que en la Iglesia parecía montaña de granito. Su obra es grandiosa y fecunda, y coloca a su autor en la fila de los Genios madres, directores de generaciones y siglos.

Es posible que muchos crean ver en esta evolución un grave peligro para nuestra fe, por cuyo motivo con persistencia levantan la voz, dando gritos de alarma; pero la Iglesia, que nada ha condenado en el P. Lacunza, espera tranquila, pues sabe que su vida es la verdad, y que esta, siendo una emanación del mismo Dios, se abre paso en el campo de las ideas con fuerza incontrastable y con infinita suavidad.

MIGUEL RAFAEL URZÚA, Presbítero.


EL P. MANUEL LACUNZA Y SU OBRA, «LA VENIDA DEL MESÍAS» (Londres, 1826) POR MIGUEL RAFAEL URZÚA (Presbítero)

Publicado en «La Revista Chilena de Historia y Geografía», Tomos XI y XII

Santiago de Chile. IMPRENTA UNIVERSITARIA . BANDERA 130, 1914


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