«La Venida del Mesías en Gloria y Majestad»
El R. P. Manuel Lacunza (1731-1801).

Miguel Rafael Urzúa (1914): Este trabajo fué compuesto en 1901, con motivo de cumplirse primer centenario de la muerte del P. Lacunza.

Lacunza, Manuel, 1731-1801, "La venida del Mesías en gloria y majestad. Selección, prefacio y notas de Mario Góngora." [Santiago] Editorial Universitaria [1969], 167 p. illus. 19 cm., Góngora, Mario ed., Escritores coloniales de Chile no. 4.

I

En la mañana del día 17 de Junio de 1801, se encontró arrojado en un foso de las afueras de la ciudad de Imola en Italia, el cadáver del señor don Manuel Lacunza, sacerdote chileno, profeso en la que era entonces extinguida Compañía de Jesús.

Hacía más de treinta años que, proscripto de su patria, fijara allí su residencia, y en tan largo espacio de tiempo había llegado a conquistarse el respeto y la veneración, siempre crecientes, de cuantos le conocían. Las bellas prendas de su carácter humilde y bondadoso, su vida retirada y pobre, su aplicación infatigable al estudio, y más que todo, las pasmosas producciones de su ingenio, temas de interesantísimas discusiones, formaron en torno de su persona esa aureola de admiración, de simpatía y de curiosidad, que saben despertar los hombres superiores.

La desgraciada y misteriosa circunstancia de su muerte, debió producir, sin duda, penosa impresión entre sus amigos, y, en alas de las preocupaciones vulgares, contribuiría, más que ninguna otra cosa, a acentuar los encontrados juicios que se emitían sobre su vida y sobre sus, obras.

Un siglo ha trascurrido desde la muerte del P. Lacunza, y el tiempo, que es el mejor crisol de la verdad, le ha discernido los honores del genio, y lo ha colocado sobre el pedestal de los grandes hombres. Nadie le disputará el primer puesto entre los escritores chilenos. El sabio Gorriti, arcediano de la Iglesia Catedral de Salta, le llama. «el incomparable americano Lacunza, honra no sólo de Chile, que fué su patria, sino de todo nuestro continente». - El docto escritor que de él ha hecho el bien pensado artículo que se lee en el Diccionario Biográfico Americano de Cortés, le proclama «una de las glorias de la Teología en el siglo XIX7, y sostiene que «en la Exígesis Bíblica se elevó a una altura a que no ha llegado ningún escritor moderno, ni en Europa ni en América» - Asegura el señor Menéndez Pelayo que «notables y ortodoxísimos teólogos ponen sobre su cabeza el libro del P. Lacunza, como sagaz y penetrante expositor de las Escrituras».

Con motivo de cumplirse en el presente año el primer centenario de la muerte de tan egregio varón, y cediendo a un sentimiento de orgullo nacional, me ha parecido oportuno consagrar a su memoria este pequeño trabajo, con el natural bochorno que me produce el íntimo convencimiento de mis escasisímas fuerzas.

Comenzaremos el presente estudio, recogiendo las noticias que se conservan acerca de la vida del R. P. Manuel Lacunza. En seguida, pondremos toda nuestra mayor atención y empeño, en esclarecer las razones que han obligado a la Iglesia a colocar en el Indice de los libros prohibidos su obra La Venida del Mesías en Gloria y Majestad. Finalmente, emitiremos algunas ideas sobre la importancia de dicha obra.

II

Tarea muy agradable sería para mí hacer la biografía del R. P. Manuel Lacunza. Pocas son, es verdad, las noticias que de él se conservan; pero ellas, a la luz que vierte su obra, bastan por sí solas para darnos una idea tan viva de su personalidad, que llegamos a sentir su contacto, y creemos ver delinearse a nuestros ojos su propia fisonomía. Está escrita con tanta naturalidad, con tanto abandono de sí mismo, con un dominio tan completo de la materia de que trata, y sabe despertar tal interés, que nos parece estar conversando familiarmente con un anciano de costumbres patriarcales, el más sabio, bondadoso y entretenido que es posible imaginar. Con todo, he creído más acertado dejar la palabra a los autores, que han recocido esas escasas noticias de su vida, ya que la descarnada y sucinta relación que de ellas nos han hecho, no deja de ser interesante.

«La ilustre ciudad de Santiago se gloría de contar entre sus hijos al P. Manuel Lacunza, nacido el 19 de Julio de 1731. Sus padres, don Carlos y doña Josefa Díaz, de noble alcurnia, aunque de mediana fortuna, le dieron una educación esmerada y religiosa, e hicieron que apriendiera las primeras letras, la gramática latina y la retórica, en nuestro colegio máximo. La iglesia de éste estaba frente de su casa, en cuyo solar tienen actualmente sus sesiones las Cámaras de la República. El 7 de Septiembre de 1747 fué admitido el joven Lacunza en la Compañía y hechos los votos del bienio, y repasadas las humanidades en Bucalemu, vino al mencionado colegio a seguir sus estudios de filosofía y teología, que cursó con notable aprovechamiento. Recibidas las órdenes sagradas, hizo su tercer año de probación, confiándole sus superiores la instrucción y dirección espiritual de los más jóvenes. Después, y probablemente aun antes de ella, fué profesor de latinidad; pero, no bastando esta sencilla ocupación a satisfacer la viveza y actividad de su genio, dedicóse al estudio de la geometría y astronomía, aunque con poco éxito, por carecer de los aparatos y demás utensilios necesarios para adelantar en las tales ciencias. Algo mejor lo obtuvo en la predicación, en la que se mereció cierta celebridad, a pesar de no ser su estilo el más perfecto y acabado. El 2 de Febrero de 1767 hizo la profesión de los cuatro votos, y medio año después fué deportado, como todos sus hermanos, primero a Cádiz y en seguida a Italia, y fijó, como ellos, su residencia en Imola» (P. ENRICH, Historia de la Compañía de Jesús en Chile, t. 11, página 495.(

«Después de cinco años de permanencia en esta ciudad Lacunza, separado voluntariamente de toda sociedad, se alojó algún tiempo en un arrabal y después en el recinto y cerca de la muralla de la ciudad: dos habitaciones del piso bajo le dieron un retiro aun más solitario, en donde ha vivido, por espacio de más de veinte años, como un verdadero anacoreta.»

«Para no distraerse de su plan de vida, se servía a sí mismo, y a nadie franqueaba la entrada a su habitación. Tenía la costumbre muy singular de acostarse al despuntar el día, o poco antes, según las estaciones. Acaso, arrebatado por el gusto de la astronomía' que había tenido desde su juventud, le era grato estar en vela mientras estaban visibles los astros en el cielo, o quizás apreciaba este tiempo de recogimiento y de silencio 'como el más favorable al estudio. Se levantaba a las diez, decía misa, y después iba a comprar sus comestibles; los traía, se encerraba y los preparaba por sí mismo. Por la tarde daba, siempre solo, un paseo en el campo. Después de la cena iba, como a escondidas, a pasar un rato con un amigo, y, vuelto a su casa, estudiaba, meditaba o escribía hasta la aurora. Tal fué su régimen invariable hasta el 17 de Junio de 1801, época de su muerte. Su cadáver fué encontrado la mariana de ese día en un foso de poca agua, cerca de la ribera del río que baña los muros de la ciudad: se presumió que había caído allí la víspera, al hacer su paseo ordinario.»

«He dudado algun tiempo, dice el redactor, si hablaría de esta circunstancia, por la propensión general que hay a juzgar mal de los que tienen semejante fin; más es necesario renunciar alguna vez a esta preocupación tan injusta, como temeraria, que llegaría hasta hacernos dudar de la salvación de muchas personas, cuyo nombre es de bendición en la Iglesia, y de muchos con quienes hemos vivido a quienes honramos, y cuya memoria nos es muy cara. La mejor preparación para la muerte es la de todos los días, no la del momento, muchas veces sospechosa, y casi siempre insuficiente. ¡Ah! ¿cuál es pues el motivo de temer? 0 más bien ¿cuántas no son las razones de esperar respecto de un sacerdote que, por el testimonio de los que le han conocido, tuvo siempre una conducta irreprensible; que, retirado casi enteramente del mundo, no tenía parte en su corrupción, cuyo tiempo estaba dividido entre la oración y el estudio, y que en este estado, celebrando diariamente los santos misterios, era confortado todos los días con el sagrado viático, destinado para sostenernos en los últimos instantes? Lo esencial es estar siempre dispuesto, y tener la lámpara siempre encendida. Con tales disposiciones la muerte puede ser pronta, puede ser repentina; pero ella no es imprevista: y ¿no es esta la única temible?»(1).

Que la piedad y el estudio debieron ser las ocupaciones que llenaron la vida del P. Lacunza, nos lo atestigua de una manera irrefutable la obra que escribió: en ella, desde la primera hasta la última página se descubren las vigilias y las meditaciones de un sabio, y se trasparentan la fe y la piedad de un hombre de Dios, juntos con un amor a la verdad que no conoce límites. Pero, como esta demostración puede no estar al alcance de toda suerte de personas, no omitiremos otra clase de testimonios.

El señor Menéndez Pelayo nos asegura que era el P. Lacunza «varón tan espiritual y de tanta oración, que de él dice su mismo impugnador el P. Bestard que «todos los días perseveraba inmoble en oración por cinco horas largas, cosido su rostro en la tierra». (2) No estará de más observar que la refutación del P. Bestard se titula: Observaciones que Fray Juan Buenaventura Bestard ... presenta al público, para precaverlo de la seducción que pudiera ocasionarle la obra intitulada: La Venida del Mesías en Gloria y Majestad, de Juan Josaphat Ben-Ezra. Por semejante título se verá cuánto valor tiene en el presente caso el testimonio del citado Padre.

  1. Venida del Mesías, tomo 1, pág. XXIX.
  2. Heterodojos, t. III, pág. 409.

El Padre Enrich, después de presentarnos al P. Lacunza con cierto tinte indeciso de visionario, prosigue diciendo: «Es cierto que el P. Lacunza se aplicó seriamente al estudio, y que invocaba mucho la gracia del Espíritu Santo. Cuando hallaba una cuestión difícil de resolver, o un texto que no acertaba explicar, decía a su amanuense el P. González Carvajal, por cuyo testimonio esto nos consta: Suspendamos el trabajo, hasta pedir con más instancia la ilustración divina; y, yendo con él a una iglesia, después de largo rato de oración, se levantaba de ordinario con luz suficiente, que él creía ser de Dios, para continuar el trabajo interrumpido. A las veces insistía por muchos días en la oración, dejando suspenso aquel punto, hasta poder exponerlo de un modo conveniente» (Historia de la Compañía de Jesús en Chile, t. II, pág. 497.)

Después de estos hermosos testimonios, arrancados por la fuerza de la verdad, no nos resistimos a consignar aquí las apreciaciones con que los ex P.P. jesuítas D. Ramón Viesca y D. José Valdivieso, comienzan el extracto que hicieron de la defensa de la obra del P. Lacunza. «Ha salido algunos arios ha una obra manuscrita intitulada: La Venida del Mesías en Gloria y Majestad. Su autor es un docto americano de Chile, profeso que fué de la Compañía de Jesús, hombre cuyo carácter humilde y afable le granjeaba las voluntades de cuantos le conocían y trataban, cuyo retiro del mundo, parsimonia en su trato, abandono de su propia persona en las comodidades aun necesarias a la vida humana, y aplicación infatigable a los estudios, le conciliaban el respeto y admiración de todos, aun de aquellos que sólo por noticias le conocían, cuyas fatigas y desvelos en el estudio y meditación constante, jamás interrumpido atento y profundo de los libros santos, Santos Padres, y de los sagrados intérpretes, por espacio de más de treinta arios de una vida enteramente libre de toda otra ocupación, nos ha producido finalmente el famoso parto de su no vulgar ingenio en la obra de que hablamos» (Venida del Mesías, t. 111, pág. 597.)

Tales son las noticias que hemos podido recoger sobre la vida del R. P. Manuel Lacunza: ellas nos presentan con cierto velo de vaguedad y de misterio, producido por la carencia de detalles, su personalidad más interesante aun, y digna de todo respeto y consideración. Víctima inocente de injusto destierro, devoró en silencio y sin quejas las amarguras de la miseria en tierra extraña, y ausente de los seres queridos por los lazos del corazón y de la sangre. Su alma abierta y sensible, debió cerrarse a las expansiones de la amistad, para abrirse sólo en alas de la oración en el seno de Jesucristo, único amigo en los grandes infortunios de la vida. Privado, como la mayor parte de sus hermanos, de las funciones del ministerio sacerdotal, excepto de la misa, y condenado a vegetar en la ociosidad bajo el peso de un estigma tan infame como injusto, supo hallar en el estudio el medio de hacer útil su vida, dejando un nombre ilustre en la ciencia y de legítimo orgullo para la Patria.

III

Para entrar a la segunda parte de nuestro estudio, que es, sin duda, la de mayor importancia, es conveniente, y aun necesario, hacer también una historia de la obra del V. Lacunza La Venida del Mesías en Gloria y Majestad. Ella dará mucha luz para esclarecer las razones que han obligado a la Iglesia a colocarla en el Indice de los libros prohibidos.

Apasionado de las Sagradas Escrituras, emprendió sobre ellas el P. Lacunza un estudio completo, formal y científico, ciñéndose estrictamente a las reglas establecidas por la Iglesia para su interpretación, y tratando de encontrar, conforme a esas reglas, el sentido literal, que siempre debe respetarse, según lo dispone el Santo Concilio de Trento en su sesión IV [1555].

En este examen minucioso concretó toda su atención a uno de los dogmas fundamentales de nuestra fe: la segunda venida de N. S. Jesucristo. Todos los cristianos confesamos en el Símbolo Apostólico estas dos venidas: acerca de la primera decimos: «creo... que fué concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nació de Santa María Virgen» ... y de la segunda: «subió a los cielos ... desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.»

Encontró pues, que acerca de esta segunda venida, universalmente confesada en cuanto a su sustancia, había completa diversidad de ideas en cuanto a las circunstancias que han de acompañarla, entre las que nos dan las Sagradas Escrituras, y las que encontramos en los escritos de casi la totalidad de los Santos Padres y expositores.

Estos últimos dan a entender, que el acto de venir N. S. Jesucristo de los cielos a la tierra a juzgar a los vivos y los muertos, ha de ser un acontecimiento de suma brevedad. Después de ser consumidas por el fuego todas las cosas existentes en nuestro globo, descenderá N. S. Jesucristo con gran poder y gloria: a la voz de la trompeta que hará resonar el ángel resucitarán todos los muertos, incorruptibles e inmortales, y al punto N. S. Jesucristo, en presencia de todos, y en un instante de tiempo, dará su sentencia de eterna salvación para los buenos, y de eterna condenación para los malos.

El P. Lacunza cree encontrar, claramente expreso y abundantemente detallado, en las Sagradas Escrituras, un acontecimiento de larguísima duración. Descenderá N. S. Jesucristo con sus escogidos ya resucitados, tomará en sus manos toda autoridad y gobierno y reinará con ellos sobre todos los pueblos de la tierra, durante el espacio determinado o indeterminado de mil años, de una manera real y visible. Este gobierno, que ha de marcar en los destinos del mundo una evolución mayor aun que la que se operó con la predicación del Evangelio, es lo que se llama juicio de vivos, o como dice el credo: «juzgar a los vivos». Pasados estos mil años, caerá entonces fuego del cielo que consumirá todo lo existente en nuestro globo; a la voz de la trompeta que hará resonar el ángel, resucitarán todos los muertos, y N. S. Jesucristo hará el juicio universal llamado juicio de los muertos, o como dice el credo: «juzgar a los muertos».

Dar una idea de esta segunda venida de N. S. Jesucristo, y de todas las circunstancias con que la describen las Sagradas Escrituras, y refutar las doctrinas de los Santos Padres y expositores en los puntos en que no concuerdan con ellas, es el objeto de la obra «La Venida del Mesías en gloria y majestad».

Una obra de tal naturaleza, había de causar verdadero asombro, y ser objeto de muchos comentarios: la novedad del asunto por una parte, y la autoridad de los SS. Padres por otra, deberían suministrar materia de interesantes y acaloradísimas polémicas. Debemos advertir que el autor, comprendiendo la gravedad de todas estas circunstancias, ha sabido exponer su sistema con tanta claridad, lo ha defendido con tanta erudición y con una lógica tan vigorosa, sin descuidar los más insignificantes argumentos que pudieran hacérsele, que la obra misma encierra la mejor defensa de cuantas han hecho sus admiradores, no sólo de la doctrina que sostiene, sino también de las pruebas con que la confirma.

Pero por desgracia «La Venida del Mesías» salió a la luz pública en las peores condiciones en que puede salir un libro. El P. Lacunza dejó inédita su obra: tal vez su escasez de recursos le impidió publicarla a su vista y bajo su dirección. El mismo permitió sacar copias que sin duda merecieron su aprobación; pero de las copias de estas copias ¿quién podrá responder? En diversos países se hicieron ediciones, en las que se quitó, se añadió o se interpretó al autor al sabor de los que las mandaron hacer. Algunas personas, cediendo a los impulsos de un pueril entusiasmo, hicieron compendios, con tan pésimo criterio, que no hicieron otra cosa que desprestigiar la obra misma. Sabemos que también se vertió al latín, y así circuló manuscrita por toda Europa.

En nuestra Biblioteca Nacional se conservan dos copias que se consideran auténticas: una que fué de propiedad del Iltmo. señor Obispo electo de Santiago, don José Antonio Martínez de Aldunate; la otra, verdadera obra de arte con un hermoso retrato del autor, traída de Europa por el P. González Carvajal, amanuense del P. Lacunza y mandada hacer por un pariente de éste.

Sólo en el año de 1816 se hizo en Londres, costeada por el general Belgrano, la primera edición que se considera correcta de La Venida del Mesías, sobre una copia manuscrita que había sido revisada y aprobada por el autor. En 1826 se hizo también en Londres la edición de ACKERMANN, que se considera la mejor.

Dados estos antecedentes, no es de extrañar de que Troya hubiese ardido. El mismo P. Lacunza, inmediatamente después de la bellísima dedicatoria que hace de su obra a N. S. Jesucristo, comienza su prólogo con estas advertencias, que creyó de todo punto necesarias. Pero leamos antes la primera que revela al hombre en su estilo, y ambas ponen de manifiesto sus grandes inquietudes por la suerte de su obra.

AL
MESÍAS JESUCRISTO,
HIJO DE DIOS, HIJO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA, HIJO DE DAVID, HIJO DE ABRAHAM

SEÑOR:
«El fin que me he propuesto en esta obra (lo sabe bien V. M.) es dar a conocer un poco más la grandeza y excelencia de vuestra adorable, persona, y los grandes y adorables misterios, los nuevos y los añejos, relativos al Hombre Dios, de quien dan claros testimonios las Santas Escrituras. En la constitución presente de la Iglesia y del mundo he juzgado convenientísimo proponer algunas ideas, no nuevas sino de un modo nuevo, que por una parte me parecen expresas en la Escritura de la verdad: y por otra parte se me figuran de una suma importancia, principalmente para tres clases de personas.»

«Deseo y pretendo en primer lugar, despertar por este medio, y aun obligar a los sacerdotes a sacudir el polvo de las Biblias, convidándolos a un nuevo estudio, a un examen nuevo, y a una nueva y más atenta consideración de este libro divino, el cual siendo libro propio del sacerdocio, como lo son respecto de cualquier artífice los instrumentos de su facultad, en estos tiempos, respecto de no pocos, parece ya el más inútil de todos los libros. ¡Qué biénes no debiéramos esperar de este nuevo estudio, si fuere posible restablecerlo entre los sacerdotes hábiles, y constituídos en la Iglesia por maestros g doctores del pueblo Cristiano!»

«Deseo y pretendo lo segundo, detener a muchos, y si fuere posible, a todos los que veo con sumo dolor y compasión correr precipitadamente por la puerta ancha y espacioso camino hacia el abismo horrible de la incredulidad; lo cual no tiene ciertamente otro origen, sino la falta, de, conocimiento de vuestra divina persona: y esto por verdadera ignorancia de las Escrituras Sagradas, que son las que dan testimonio de V. M.»

«Deseo y pretendo, lo tercero, dar alguna luz, o algún otro remedio más pronto y eficaz a mis propios hermanos los Judíos, cuyos padres son los mismos de quienes desciende Cristo según la carne. ¿Qué remedio pueden tener estos miserables hombres, sino el conocimiento de su verdadero Mesías a quien aman, y por quien suspiran noche y día sin conocerlo? ¿Y cómo lo han de conocer, si no se les abre el sentido? ¿Y cómo se les puede abrir suficientemente este sentido en el estado de. ignorancia y ceguedad en que actualmente se hallan, conforme a las Escrituras, si sólo se les muestra la mitad del Mesías, encubriéndoles y aun negándoles absolutamente la otra mitad.? ¿Si sólo se les predica (quiero decir) lo que hay en sus Escrituras perteneciente a vuestra primera venida en carne pasible, como redentor, como maestro, como ejemplar, como sumo sacerdote, etc.; y se les niega sin razón alguna lo que ellos creen y esperan, según las mismas Escrituras, aun con ideas poco justas y aun groseras, perteneciente a la segunda?»

«¡Oh Señor mío Jesucristo, bondad y sabiduría inmensa! Todo esto pretendo por medio de este escrito, si algo se consigue por vuestra gracia, debe redundar necesariamente en vuestra mayor gloria, pues esta la habeis puesto en el bien de los hombres. Por tanto debo esperar de la benignidad de vuestro dulcísimo corazón, que no desechareis este pequeño obsequio que os ofrece mi profundo respeto, mi agradecimiento, mi amor, mi deseo intenso de algún servicio a mi Señor, como quien me ha alcanzado misericordia, para serle fiel.»

«Si como yo lo deseo, y me atrevo a esperarlo, se siguiese de aquí algún verdadero bien, todo lo ofrezco humildemente a vuestra gloria y lo pongo conmigo a vuestros pies: y en este caso pido, Señor, con la mayor instancia vuestra soberana protección; de la cual tengo tanta mayor necesidad, cuanto temo, no sin fundamento, grandes contradicciones, y cuanto soy un hombre obscuro e incógnito, sin gracia ni favor humano; antes confundido con el polvo, y en cierto modo contado con los malvados. Me reconozco, no obstante, y me confieso por vuestro siervo, aunque indigno e inùtil.»

-JUAN JOSAPHAT.- BEN-EZRA
Venida del Mesías, t. 1. pág. 33.

Estos presentimientos, que desahogaba el P. Lacunza en el seno de Jesucristo, los hace presentes a manera de advertencias en el prólogo de su obra. «No me atreviera, dice, a exponer este escrito a la crítica de toda suerte de lectores, si no me hallase suficientemente asegurado: si no lo hubiese hecho pesar una y muchas veces en las meyores y más fieles balanzas que me han sido accesibles: si no hubiese, digo, consultado a muchos sabios de primera clase, y sido por ellos asegurado (después de un prolijo y riguroso examen) de no contener error alguno, ni tampoco alguna cosa de sustancia digna de justa reprensión».

«Mas como este examen privado (que por mis grandes temores bien fundado en el claro conocimiento de mi nada, lo empecé a pedir tal vez antes de tiempo) no pudo hacerse con tanto secreto que de algún modo no se trasluciese: entraron con esto en gran curiosidad algunos otros sabios de clase inferior, en quienes por entonces no se pensaba, y fué necesario, so pena de no leves inconvenientes, condescender con sus instancias. Esta condescendencia inocente y justa ha producido, no obstante, algunos efectos poco agradables, y aun positivamente perjudiciales: ya porque el escrito todavía informe se divulgó antes de tiempo y de sazón; ya porque en este estado informe se sacaron de él algunas copias contra de mi voluntad, y sin serme posible el impedirlo; ya también y principalmente, porque algunas de estas copias han volado más lejos de lo que es razón, y una de ellas, según se asegura, ha volado hasta la otra parte del océano, en donde, dicen, ha causado no pequeño alboroto, y no lo extraño, por tres razones: primera, porque esa copia, que voló tan lejos estaba incompleta, siendo solamente una pequeña parte de la obra; segunda, porque estaba informe, no siendo otra cosa que los primeros borrones, las primeras producciones que se arrojan de la mente al papel, con ánimo de corregirlas, ordenarlas y perfeccionarlas a su tiempo; tercera, porque a esta copia en sí misma informe, se le habían añadido y quitado no pocas cosas al arbitrio y discreción del mismo que la hizo volar; el cual aun lleno de bonísimas intenciones, no podía menos (según su natural carácter bien conocido de cuantos le conocen) que 3ometer en esto algunas faltas bien considerables. Yo debo por tanto esperar de todas aquellas personas cuerdas a cuyas manos hubiese llegado esta copia infeliz., o tuviesen de ella alguna noticia, que se harán cargo de todas estas circunstancias; no juzgando de una obra por algunos pocos de papeles sueltos, manuscritros e informes, que contra la voluntad del autor se arrojaron al aire imprudentemente, cuando debían más antes arrojarse al fuego. Esto último pido yo, no sólo por gracia sino también por justicia, a cualquiera que los tuviese » (Venida del Mesías, t, 1, pág. 37)

La edición de ACKERMAN trae en su primera página esta advertencia: «En los Anales de la Bibliografía no se halla ejemplo de una suerte semejante a la que ha tenido la obra presente. Pocos escritos de materias religiosas han excitado tanto la curiosidad y la admiración de los inteligentes, y, sin embargo, no conocemos una sola producción del espíritu humano que haya sido tan mutilada, tan estropeada, tan corrompida por las copias y las impresiones ».

Inmenso fué el entusiasmo que despertó la obra del P. Lacunza, apenas se tuvo conocimiento de ella. «Entre los jesuítas en general, dice el P. Enrich, al momento se dividieron las opiniones, defendiendo cada uno la suya con el cual no pudieron moderar nuestros PP. Generales o Vicarios hasta después de la restauración de la Compañía. Desde entonces el P. General impidió que publicasen sus opiniones los que se habían agregado de nuevo a ella; pero no siempre pudo moderar las conversaciones o disputas privadas. El acaloramiento se comunicó bien pronto a los extraños, y de Europa pasó a esta América del Sur, donde encontró apasionados lectores y entusiastas panegiristas, sin que le faltaran tampoco al libro denodados antagonistas (Historia de la Compañía de Jesús en Chile, t. II, pág. 458)

Inoficioso me parece recordar los nombres de los impugnadores y de los defensores del P. Lacunza, y de los libros que escribieron en pro y en contra de su obra La Venida del Mesías. Tanto entonces como ahora, los partidarios del P. Lacunza han sido, son y serán todos aquellos que hayan leído y estudiado su obra, y ninguno de ellos ha podido decir, hasta el presente, alguna cosa digna de tomarse en cuenta y que ya su ilustre autor no hubiera dicho de antemano. Sus impugnadores jamás han -aducido, o más bien, jamás he encontrado yo, por más que en ello me haya empeñado, alguna razón de peso o algún cargo fundado en contra de la obra. Todo lo que he podido hallar son lugares comunes, divagaciones y aspavientos. ¡Cómo es posible, dicen, que Cristo reine mil años aquí en la tierra! ... ¡cómo pueden vivir mezclados los santos resucitados con los viadores! ... ¡cómo ha de bajar la celestial Jerusalén! ... ¡cómo!... etc.; como si todas estas cosas dependieran del capricho del P. Lacunza y nó de la voluntad de Dios que ha de realizarlas, y que se ha dignado revelárnoslas en sus Santas Escrituras. Además, la mayor parte de ellos han conocido la obra sólo en copias defectuosas, o en esas malas ediciones, o en los pésimos compendios de que ya hemos hablado. Casi no me atrevo a decirlo, ha habido impugnadores que se han empecinado en no querer leer la obra, pudiendo y debiendo hacerlo antes de hablar de ella como lo exigen la razón y la justicia. He aquí un ejemplo: Llegó a manos del P. Toribio Caballina, (es uno de los más citados impugnadores del P. Lacunza) uno de esos malditos compendios: sobre su lectura hizo la impugnación de la obra, en la que no respetó ni la persona del autor. La llama: 1º «Obra desedificante», 2º «obra ofensiva a los oídos piadosos», 3º «obra censurable», 4º «obra apta nata para causar en la Iglesia escandalosas discordias», 5º «para poner en duda de su santa fe a los fieles», 6º «para cubrir a nuestra Compañía de eterno oprobio». A su autor lo ve marchar sobre las huellas execrandas de los Arrios, Nestorios, Eutiques, Dióscoros y demás herejes y cismáticos.

El P. José de Valdivieso, admirador del P. Lacunza, le proporcionó la obra manuscrita, para que con su lectura reformase su juicio; pero, si la leyó lo hizo con espíritu tan prevenido, que siguió sosteniendo que el compendio y la obra era una misma cosa, puesto que ambos trataban la misma materia, lo cual autorizó que el P. Valdivieso, le refiriese la siguiente anécdota: «Teníamos un célebre P. Gutiérrez, tan ingenioso para las ciencias liberales, como negado para todo lo mecánico y de una sencillez como apenas podía caber igual. Venido el tiempo de nuestras vacaciones, un estudiante que quiso divertirse con el padre, le fué a decir que otro padre le había tomado su mula blanca en que él solía montar para irse a la campaña. Apenas lo oyó, fué a quejarse con el padre de que le ,quisiese quitar su mula. Por más que le dijo y redijo el padre, no fué posible sacarlo de su prevención; y finalmente, no hallando otro medio, le dijo: venga V. R. conmigo, y verá que es otra muy diversa la bestia que yo he tomado. Bajaron al patio y mostrándola, le dijo: véala con sus ojos; éste es un macho, y la de V. R. es una mula: ,éste es negro, y la de V. R. es blanca. Mas ni esto bastó para que creyese más bien a su prevención que a sus ojos y le dijese con más empeño: este macho negro es mi mula blanca» (Venida del Mesías, t. III, pág. 342.)

Así pasaban las cosas, entre estériles y acaloradas disputas, cuando un acontecimiento, del que parece que el mismo P. Lacunza se dió cuenta, como lo deja entrever en el párrafo antes citado del prológo de su obra, trajo por resultado que la Sagrada Congregación del Indice se avocase el libro La Venida del Mesías, y después de largos estudios, diera con fecha 6 de Septiembre de 1824 su sentencia definitiva en estas palabras: Prohíbitum quocumque ídiomate.

Como éste es el punto más delicado del presente estudio, hemos de proceder con suma cautela, respetando religiosamente, como es nuestro deber, este juicio de la Iglesia.

El P. Enrich en su Historia de la Compañía de Jesús en Chile, t. II, pág. 459, nos hace una relación documentada de las determinaciones de la Sagrada Congregación, y de los dictámenes de las personas nombradas para informarla sobre la obra del P. Lacunza. Nos ceñiremos estrictamente a esta relación, tomándonos la libertad de hacer las observaciones que parezcan oportunas.

«En Córdoba del Tucumán la polémica tomó giro muy diverso y de más trascendentales consecuencias. Un sacerdote del clero secular, muy acreditado por su notoria virtud, celo y saber, predicando en la catedral, recomendó, al pueblo la lectura de dicha obra (La Venida del Mesías); de lo cual se escandalizó de manera un religioso catedrático de teología de aquella universidad, que acto continuo tomó la palabra, reprobando en alta voz el consejo del predicador; y hasta llegó a calificar de herética la doctrina de la obra cuya lectura éste les acababa de recomendar. No satisfecho con esto, la denunció a Roma a la Sagrada Congregación del índice, refiriendo lo, sucedido, y alegando las razones por que la había calificado de esta manera. (Testimonio del Pbro. don Francisco Martínez que leyó la denuncia en Roma. - Nota del autor). La Sagrada Congregación aceptó su delación, aunque reprobando el escándalo que había dado en la mencionada iglesia y la libertad que se había tomado de condenar en público una obra, cuya doctrina personas ilustradas y piadosas reputaban por sana y provechosa. Por fin, la Congregación entabló el juicio; pero procediendo con gran cordura para dar su fallo con acierto. Al efecto, comisionó al Excmo. Cardenal Fontana, para que revisara dicha obra y le diera su dictamen. Hízolo así su Eminencia; y después de haber hecho una breve sinopsis de ella, extractó quince proposiciones y las calificó cada una con una o más notas, cuya suma es la siguiente: «Una poco exacta; dos erróneas; tres peligrosas; nueve temerarias; seis falsas; una escandalosa; cinco injuriosas, tres de las cuales lo eran a los intérpretes y por consiguiente a algunos santos; una a la Iglesia Romana, y otra a las Sagradas Escrituras». (Hay muchas más notas que proposiciones, a causa de tener algunas proposiciones dos o más notas calificativas. - Nota del autor). Y concluye diciendo que «otras varias proposiciones son dignas de censura; pero que las omite, por creer bastarían aquellas quince para que la Sagrada Congregación pudiera formarse su juicio; protestando, que, según el suyo, no convenía la publicación de la obra del P. Lacunza». (Tengo a la vista copia de su dictamen; y por consiguiente de las proposiciones que así califica. Lo trajo de Roma el Pbro. don Francisco Martínez. - Nota del autor).

«Entonces la Sagrada Congregación comisionó con el mismo objeto a un teólogo español, dándole traslado de las censuras recién indicadas. Éste se esforzó en vindicarla de ellas, ya desvaneciendo los cargos y explicando el sentido del autor, ora disculpándolo, ora atenuando las razones que obraban contra su obra. Su defensa es vigorosa; y, aunque no siempre aparezca victoriosa, con todo, no sólo pretende vindicarla, sino también probar cuán útil sería a los predicadores y demás personas rectas e instruídas, encargados de enseñar a las almas en todos los caminos del Señor. Más al fin confiesa que: «pudiendo fácilmente abusar de la tal obra los ignorantes y tímidos, no conviene se imprima; por no ser razonable publicar para bien de pocos lo que ha de ser para daño de muchos».

«Estos dos dictámenes fueron entregados al P. Zechinelli de la Compañía de Jesús, profesor de Sagrada Escritura en el colegio romano; quien, tornando en consideracion una por una las quince proposiciones censuradas, confirma, con bien pequeñas modificaciones, las notas con que las calificó el Emo. señor Fontana; explicando mejor las razones de su censura y agravándolas en lo más notable. En seguida pasa a examinar: 1.º la sustancia y objeto principal de la obra; 2.º los fundamentos en que estriba; 3.º los diez fenómenos sacados de la Sagrada Escritura, que son como las columnas sobre las cuales se eleva todo su sistema; 4.º los corolarios que de él deduce Lacunza. (Tengo a la vista su disertación, que contiene cien páginas.- Nota del autor). Sobre cada uno de estos puntos hace el P. Zechinelli muchos y graves reparos, manifestando con claridad, y demostrando con gran peso de razones y terminantes argumentos los defectos de que adolecen; y al fin de su larga disertación resume sus cargos en estos catorce puntos que, a su juicio, merecen ser reprobados.»

Vamos a exponer estos catorce puntos (dice que son catorce pero no enumera sino trece) que, por ser cargos concretos que se han hecho al P. Lacunza, merecen toda nuestra atención. Los apuntaré en el orden y en la forma en que los trae el P. Enrich, permitiéndome hacer de cada uno de ellos una pequeña refutación. Al emprender esta tarea, declaro que no es mi ánimo objetar el decreto de la Sagrada Congregación, que como sacerdote quiero y debo acatar respetuosamente: sólo me refiero a los cargos de los informantes.

Pero antes de entrar en materia, estudiemos las posiciones que ocupa el P. Lacunza, las cuales hacen comprender que de ninguna manera podrá ser dañado por sus adversarios. Fijemos la atención en estas dos consideraciones.

1.a Aunque el sistema milenario u otro cualquiera, fuese enteramente original, en el sentido mas amplio de la palabra, del P. Lacunza o de cualquiera otra persona, su autor tendría pleno derecho para exponerlo, y aun para exigir que fuera mirado con respeto, siempre que estuviera sólidamente fundado en la Sagrada Escritura. Esta consideración tan razonable, por cuanto que es consecuencia inmediata del respeto debido a la palabra divina, toma mayor fuerza, al demostrarlo, como lo ha hecho el P. Lacunza, que ese sistema no es una novedad en la iglesia, puesto que fué seguido por muchos doctores en los primeros siglos, sin que jamás hubiera sido condenado.

2.a El P. Lacunza apoya su sistema en documentos claros, terminantes y copiosamente tomados de la Sagrada Escritura en su sentido propio y literal, sin contrariar ninguna interpretación de la Iglesia, ni el unánime consentimiento de los SS. Padres, entrando por la puerta franca y abierta que, en esta clase de trabajos, señala el Concilio de Trento cuando dice; «Nadie se atreva a interpretar la misma Sagrada Escritura en cosas pertenecientes a la fe y a las costumbres que miran a la propagación de la doctrina cristiana, violentando a la Sagrada Escritura para apoyar sus dictámenes contra el sentido que le ha dado y que le da la Santa Madre Iglesia, a la que privativamente toca determinar el verdadero sentido de los sagrados libros; ni tampoco contra el unánime consentimiento de los Santos Padres».

Los adversarios del P. Lacunza, como lo verá el lector, fundan casi todos sus cargos, con el visible empeño de salvar el sistema que profesan, apartándose del sentido literal de la Escritura, o en las opiniones de los SS. Padres, sin estar acompañadas de las condiciones fijadas por la Iglesia para tener fuerza de ley.

Para que vea el lector el valor de estas opiniones privadas de los SS. Padres, a las que en teoría se les concede autoridad casi divina, y en la práctica más que divina, puesto que en muchos casos la anteponen a la misma Escritura, oigamos la opinión del gran San Agustín. Discutía este santo con San Jerónimo sobre la verdadera interpretación del segundo capítulo de la epístola de San Pablo a los Gálatas; como el último invocase en favor de su opinión la autoridad de San Juan Crisóstomo, de Orígenes y de otros Padres que habían opinado así, San Agustín le respondio con las siguientes sensatísimas palabras: «Te confieso, que estimar infalible a un escritor es un honor, que aprendí a tributarlo solamente a los libros llamados canónicos; pero si en otros escritos hallo algo que me parezca contrario a la verdad, sin embarazo digo, o que el código está errado, o que el intérprete no penetró el sentido, o que yo no he podido comprenderlo. Sea cual fuere la santidad y la doctrina de los autores, siempre los leo bajo el concepto de no creer que sea verdadero lo que dicen, porque ellos así lo juzgan; sino porque me lo persuaden o con la autoridad de algún texto canónico o con alguna razon depeso» (1). Y en otro lugar, como muestra de su sinceridad, expresa que desea que hagan con sus escritos lo que él hace con los ajenos: que admitan lo que sea conforme a la verdad y que dejen o refuten lo que a ella pareciere contrario.

(1) Venida del Mesías, t I, pág. 23.

Hechas estas consideraciones, entremos ahora a estudiar los cargos formulados por los informantes.

1.er Cargo. «El objeto principal de la obra, a saber: el Reino de Cristo en la tierra por mil arios antes de la resurrección universal; por ser opinión constantemente desaprobada por los Santos Padres desde el fin del tercer siglo, y haber sido rechazada aun en los primeros por la parte más sana de la Iglesia, como un dogma peregrino y singular».

Respuesta. - El Reino de Cristo por mil años aquí en la tierra está expreso en la Santa Escritura, y nadie podrá negarlo sin terminante declaración de la Iglesia:

« Apocalipsis, cap. 20. vers. 1 al 8: Y vi descender del cielo un ángel que tenía la llave del abismo y una grande cadena en la mano. Y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo, y Satanás, y lo ató por mil años, y lo metió en el abismo y lo encerró y puso sello sobre él, para que no engañe más a las gentes, hasta que sean cumplidos los mil años; y después de esto conviene que sea desatado por un poco de tiempo. Y vi sillas, y se sentaron sobre ellas, y les fué dado juicio; y las almas de los degollados por el testimonio de Jesús, y por la palabra de Dios, y los que no adoraron la bestia, ni a su imagen, ni recibieron su marca en su frente, o en sus manos y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Los otros muertos no entraron en vida, hasta que se cumplieron los mil años. Esta es la primera resurrección. Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; en éstos no tiene poder la segunda muerte; antes serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años. Y, citando fueren acabados los mil años, será desatado Satanás y saldrá de su cárcel y engañará a las gentes, etc.»

El milenarismo fué profesado en los primeros tiempos de la Iglesia, y sólo después del siglo tercero se convino en no hablar más de él, por las ideas sensuales y groseras con que lo desfiguraron los herejes. San Jerónimo sobre el cap. 19 de Jeremías toca el punto del milenarismo y dice: « opinión que, aunque no sigamos, con todo no podemos reprobar, porque muchos varones eclesiásticos y mártires la llevan, y cada uno abunde en su sentido». Por estas palabras se ve, pues, que no ha sido mirado como un dogma singular y peregrino, como se dice en este primer cargo.

Confiesa, además, el mismo P. Zechinelli, como lo veremos más adelante, que la Iglesia no ha condenado jamás el milenarismo moderado.

2.º Cargo. «La doble resurrección, una parcial en la venida del Mesías, y otra general al fin del mundo; porque cuantas veces se hace mención en las Sagradas Escrituras de la resurrección, siempre se dice será única, general y al fin del mundo; excepto una sola vez que en el Apocalipsis se nombra la resurrección primera, pero en otro sentido, como largamente ha demostrado anteriormente».

Respuesta. - Basta que una sola vez lo diga el libro del Apocalipsis para que tenga tanto valor como si lo dijera veinte, y lo dijeran todos los escritores sagrados. Del sentido en que lo dice puede juzgarse por el texto anterior mente citado: Apocalipsis, cap. XX, vers. 4 y 5: «Y vi sillas, y se sentaron sobre ellas, y les fué dado juicio; y las almas de los degollados por el testimonio de Jesús, y por la palabra de Dios, y los que no adoraron la bestia ni a su imagen, ni recibieron su marca en su frente o en sus manos, y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Los otros muertos no entraron en vida, hasta que se cumplieron los mil años. Esta es la primera resurrección». Léase también todo el capítulo XIX, ya que en el cargo se sostiene que, por lo anteriormente expresado en el Apocalipsis, es otro el sentido, y se vera que es precisamente todo lo contrario.

Tampoco es verdad que este sea el único lugar de la Santa Escritura en que se habla de la primera resurrección: San Pablo a los Tesalonicences, cap. IV, vers. 12 al 16: «Tampoco queremos, hermanos, que ignoreis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque, si creemos que Jesús murió y resucitó: y así también Dios traerá con Jesús a aquellos que durmieron por él. Esto pues os lo decimos en palabra del que nosotros que vivimos, que hemos quedado aquí para la venida del Señor, no nos adelantaremos a los que durmieron. Porque el mismo Señor, con mandato y con voz de arcángel, y con trompeta de Dios descenderá del cielo: y los pie murieron en Cristo resucitarán los primeros». Hay muchos otros textos que pudiera citar.

3.er Cargo «La doble conflagración del mundo, la primera parcial cuando la venida del Mesías a reinar sobre la tierra, en la que sólo perecerá una parte del linaje humano, y la segunda al fin del mundo, la que acabará con todo aquél; porque San Pedro y San Pablo y los demás escritores sagrados hablan de una conflagración ».

Respuesta. - Las Santas Escrituras dan a entender que cuando venga el Señor, o cuando llegue el día del Señor, vendrá en contra de sus enemigos, y por consiguiente contra ellos será el fuego y su furor. Salmo XCVI: Cuando fué restablecida su tierra el Señor reino: regocíjese la tierra, alégrense las muchas islas. Nubes y obscuridad alrededor de él: justicia y juicio son el apoyo de su trono. Fuego irá delante, de él; y abrasará alrededor a sus enemigos. Alambraron sus relámpagos la redondez de la tierra: viólos la tierra y fué conmovida, etc. En Malaquías cap. IV: Porque hé aquí, vendrá un día encendido como horno: y todos los soberbios y todos los que hacen impiedad serán como estopa: y los abrasará el día que debe venir, dice el Señor de los ejércitos, sin dejar de ellos ni raíz ni renuevo. Como se ve, pues, todo ese aparato y desolación es contra los enemigos del Señor. - El salmo XCVII vers. 2, hasta el fin: El Señor manifestó su Salvador: a la vista de las naciones descubrió su justicia. Se acordó de su misericordia y de s u verdad para la casa de Israel. Vieron todos los términos de la tierra al Salvador del Dios nuestro. Cantad alegres a Dios toda la tierra: cantad y saltad de gozo, y tañed salmos. Tañed salmos al Señor con cítara, con citara y con voz de salmo. Con trompetas de metal y sonido de corneta. Cantad alegres en la presencia del Rey, que es el Señor. Muévase el mar y su plenitud: la, redondez de la tierra, y los que moran en ella. Los ríos aplaudirán con palmadas: juntamente los montes se alegrarán a la vista del Señor, porque vino a juzgar la tierra. Juzgará la redondez de, la tierra con justicia y los pueblos con equidad. Este salmo anuncia con toda claridad que es el Señor el que viene a juzgar la tierra, y este motivo convida a la alegía y al regocijo. Supongamos por un instante que este fuego sea universal ¿tendría explicación este convite? ¿quiénes quedarían para regocijarse con el Señor? - El Apóstol San Juan en el cap. XIX desde el vers. 11 del Apocalipsis nos descubre tanta viveza esta venida del Señor que sería imperdonable el omitirla. Y vi el cielo abierto, y apareció un caballo blanco, y el que estaba sentado sobre él, era llamado Fiel y Veraz, el cual con justicia juzga y pelea. Y sus ojos eran como llama de fuego, y llevaba en su cabeza muchas coronas, y tenía un nombre escrito, que ninguno ha conocido sino el mismo. Y vestía una ropa teñida en sangre, y su nombre es llamado el Verbo de -Dios. Y le seguían las huestes que hay en el cielo, en caballos blancos, vestidos todos de lino finísimo blanco y limpio. Y salía de su boca una espada de dos filos para herir con ella a las gentes; y el mismo las regirá vara de hierro, y él pisa el lagar del vino del furor de la ira de Dios todopoderoso. Y tiene en la vestidura y en su muslo escrito: Rey de reyes, y Señor de señores. Y vi un ángel que estaba en el sol, y clamó en voz alta, diciendo a todas las aves que volaban por medio del cielo: Venid y congregaos a la gran cena de Dios; para comer carnes de reyes, y carnes de tribunos, y carnes de poderosos, y carnes de caballos y de los que con ellos cabalgan, y carnes de todos, libres, y esclavos, y pequeños, y grandes. Y vi la bestia, y los reyes de la tierra, y las huestes d6 ellos congregadas para pelear con el que estaba sentado sobre el caballo, y con sus huestes. Supóngase que el motivo de esta venida del Señor sea el juicio final, y que por lo tanto se produzca la conflagración universal ¿podría efectuarse todo lo que aquí se expresa?

4.º Cargo


EL P. MANUEL LACUNZA Y SU OBRA, «LA VENIDA DEL MESÍAS» (Londres, 1826) POR MIGUEL RAFAEL URZÚA (Presbítero)

Publicado en «La Revista Chilena de Historia y Geografía», Tomos XI y XII

Santiago de Chile. IMPRENTA UNIVERSITARIA . BANDERA 130, 1914


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